20/07/2023
En el debate público contemporáneo, pocas palabras generan tanta controversia como "violencia" cuando se asocia al movimiento feminista. Una simple búsqueda en internet nos arroja resultados que vinculan el término con la violencia de género, intrafamiliar o contra la mujer. Sin embargo, en los últimos años, ha surgido una narrativa paralela que intenta invertir los roles, preguntándose si las mujeres que protestan son violentas y si las tácticas de manifestación, a menudo disruptivas, son una forma de agresión. Este artículo se sumerge en el corazón de esta discusión para desentrañar contra qué luchan realmente las feministas y por qué calificar sus protestas como violentas es una simplificación peligrosa que desvía la atención del problema de raíz.

¿Violencia o Reacción? Desmitificando la Protesta
Para entender la naturaleza de las manifestaciones feministas, es crucial diferenciar entre una acción y una reacción. Lo que a menudo se etiqueta como "vandalismo" o "violencia" en las marchas —pintadas en monumentos, rotura de cristales o la toma de espacios públicos— no surge de un deseo de dañar por dañar. Es, en su esencia, una reacción visceral, un grito de hartazgo ante una violencia mucho más profunda y arraigada: la violencia sistemática que viven las mujeres día a día. Es la materialización de la frustración acumulada por años, décadas e incluso siglos de acoso, abusos, desapariciones y feminicidios que permanecen en la impunidad.

Los estudiosos del tema definen la violencia como un acto ejecutado con la intención de dañar a otro ser. Bajo esta definición, ¿es comparable una pared pintada con la agresión física o psicológica perpetrada contra una persona? Las protestas feministas no tienen como objetivo lastimar a individuos. Su fin es simbólico: irrumpir en la normalidad, hacer visible lo invisible y señalar directamente a las instituciones y a un sistema que consideran cómplice por su inacción y silencio. Cuando se reprime una manifestación con fuerza policial, la intención sí es dañar a las personas que se manifiestan, creando una paradoja donde el Estado ejerce la violencia que las manifestantes denuncian.
El Caso de Tania Elis: Cuando la Protesta se Criminaliza
Un ejemplo palpable de esta inversión de roles es el caso de Tania Elis, estudiante de la FES Acatlán. En agosto, junto a su colectiva, tomó las instalaciones de la universidad como medida de presión ante la falta de respuesta de las autoridades frente a sus denuncias por acoso y violencia de género dentro del campus. Durante la toma, se provocó un incendio, y Tania fue detenida y trasladada a un penal de máxima seguridad, acusada de “daño a propiedad ajena”. La UNAM, la institución que debía protegerla, le exigió una reparación de daños por 4 millones de pesos.
Este caso es emblemático. Una estudiante que exigía justicia por la violencia sufrida por ella y sus compañeras fue convertida, de la noche a la mañana, en una "criminal". El foco mediático y judicial se desplazó del problema original —la violencia de género en el ámbito universitario— al daño material. Al criminalizar a Tania, se busca invisibilizar la legitimidad de su reclamo y, por extensión, el de todo el movimiento. Se envía un mensaje claro: el daño a un objeto es más grave y punible que la violencia sistemática ejercida contra las mujeres.
Las Cifras que Gritan: El Origen de la Furia
Para comprender la magnitud de la rabia y la desesperación que alimentan estas protestas, es necesario mirar las cifras. En países como México, se reportan en promedio 10 feminicidios diarios. Esta no es solo una estadística; son diez vidas de mujeres y niñas arrebatadas cada día por la violencia machista. Son diez familias destrozadas, diez historias truncadas. A esto se suma un universo de casos de abuso sexual, acoso callejero, violencia doméstica y desapariciones que rara vez llegan a la justicia.
La protesta, entonces, se convierte en la única herramienta que parece quedar cuando las vías institucionales fallan. Cuando denunciar no sirve, cuando las leyes no se aplican y cuando la sociedad minimiza o justifica la violencia contra las mujeres, la calle se transforma en el último recurso. La "violencia" contra un monumento es un acto desesperado para que la sociedad voltee a ver la violencia real que se ignora.
Tabla Comparativa: Percepción vs. Realidad de la Violencia
| Foco Mediático y Crítica Social | Violencia Real y Sistemática (El Origen de la Protesta) |
|---|---|
| Pintadas en un monumento histórico. | 10 feminicidios diarios y una tasa de impunidad superior al 90%. |
| Rotura de cristales de una estación de transporte. | Acoso sexual masivo en el transporte público y en las calles. |
| Toma de instalaciones universitarias. | Cultura de encubrimiento de agresores y acosadores en instituciones educativas. |
| Interrupción del tráfico y la "paz social". | La falta de paz y seguridad que viven millones de mujeres a diario. |
Preguntas Frecuentes sobre la Protesta Feminista
¿Por qué las feministas "destruyen" monumentos o propiedades?
La intervención de monumentos es un acto profundamente simbólico. Muchos de estos monumentos representan a figuras masculinas de una historia que ha excluido sistemáticamente a las mujeres. Al intervenirlos, se resignifica el espacio público y se lanza un mensaje: "Si este Estado y su historia no nos protegen ni nos representan, sus símbolos tampoco son intocables". No es destrucción por placer, es una forma de comunicación política cuando otras vías han sido agotadas.
¿No existen formas más pacíficas de protestar?
Sí, y se han practicado durante décadas. Marchas silenciosas, peticiones, campañas en redes sociales, foros académicos y diálogos con autoridades han sido constantes. La escalada en las formas de protesta es una consecuencia directa de la falta de resultados de estas acciones. Cuando el diálogo pacífico es ignorado y la violencia contra las mujeres no cesa, la desesperación lleva a buscar métodos más disruptivos que obliguen a la sociedad y a las autoridades a prestar atención.
¿Llamar "violentas" a las protestas ayuda en algo?
No, de hecho, es contraproducente. Etiquetar las protestas como "violentas" simplifica un problema complejo y deslegitima las demandas de fondo. Sirve como una excusa para justificar la represión policial y para que la opinión pública se centre en la forma y no en el contenido del reclamo. Es una estrategia que busca silenciar el movimiento al criminalizarlo, evitando así asumir la responsabilidad de resolver la crisis de violencia de género, una crisis marcada por la impunidad.
Conclusión: Una Lucha por la Vida
En definitiva, la lucha feminista no es contra monumentos, cristales o edificios. Es una lucha contra una estructura sistemática de opresión y violencia que asesina, viola y desaparece a las mujeres. Las acciones que vemos en las calles no son el problema, son el síntoma más visible de una enfermedad social profunda. Juzgar la rabia de las manifestantes sin entender el dolor y la injusticia que la originan es elegir, conscientemente, ignorar la verdadera emergencia. La pregunta que deberíamos hacernos no es si las feministas son violentas, sino por qué, en pleno siglo XXI, todavía tienen que salir a la calle a gritar que dejen de matarlas.
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