¿Qué pasó con la familia Ferrari?

Familia Ferrari: Crónica de un Exterminio Anunciado

11/05/2018

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En la convulsionada Argentina de los años 70, donde los ideales políticos y el compromiso social a menudo se pagaban con la vida, pocas historias encapsulan la crueldad sistemática del terrorismo de Estado como la de la familia Ferrari de Rosario. Lo que comenzó con la muerte de un joven sacerdote comprometido con las causas populares, se transformó en una cacería implacable que buscó aniquilar no solo a un individuo, sino a todo su linaje. La frase de un represor a una de las hermanas, Ana Ferrari, resume la macabra intención del régimen: "A vos y a toda tu familia los vamos a hacer mierda". Esta es la crónica de esa promesa de exterminio y la lucha por la memoria y la justicia.

¿Qué pasó con la familia Ferrari?
La persecución a la familia En junio de 1976, sus padres Orfel Juan Ferrari e Inés F. Viglione y su hermano de 14 años fueron secuestrados, y estuvieron en el Servicio de Informaciones. A Ana y su compañero, Manolo Fernández, los llevaron el 15 de octubre de 1976, a la casa de una abuela.
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Gerardo Ferrari: El Sacerdote y Militante que Marcó un Destino

La tragedia de la familia tiene un punto de origen claro: la vida y muerte de Gerardo María Ferrari. Nacido en 1943, Gerardo sintió desde joven el llamado de la fe, pero una fe anclada en la realidad social de su tiempo. Influenciado por la Teología de la Liberación y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, su vocación no era de púlpito, sino de barro y fábrica. A los 23 años, concluyó sus estudios sacerdotales, pero su deseo de ser un "sacerdote obrero", de compartir el día a día con los trabajadores y los más desfavorecidos, le fue negado por la jerarquía eclesiástica. Esto, sin embargo, no detuvo su compromiso.

Su obra más significativa la realizó en la Bajada Cepeda, un asentamiento precario de Rosario. Junto a un grupo de estudiantes universitarios, logró lo que parecía imposible: movilizar a 45 familias para trasladarlas a un nuevo barrio con viviendas dignas, acceso a agua potable y una escuela. Su vida era un reflejo de su prédica. Tras mudarse a Avellaneda, trabajó en diversas fábricas, dedicando cada hora libre y cada peso que ganaba a ayudar a quienes tenían aún menos que él.

Su compromiso social se entrelazó inevitablemente con el compromiso político. Se integró a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), una de las organizaciones político-militares de la época. En 1969, apenas un mes después de casarse, mientras se dirigía a un encuentro de la organización, murió en un enfrentamiento armado con la policía. La prensa oficialista de la dictadura de Onganía lo catalogó como un "delincuente común", una estrategia recurrente para despojar de contenido político a los militantes asesinados. Por razones de seguridad, las FAP tardaron en reivindicarlo como uno de los suyos. Para el Estado, Gerardo estaba muerto y desacreditado. Para su familia, su muerte fue solo el preludio de un infierno que estaba por desatarse.

La Cacería: "Ser un Ferrari" como Sentencia de Muerte

Tras la muerte de Gerardo, el apellido Ferrari se convirtió en un estigma, en una marca que atraía la violencia del aparato represivo. La casa de sus padres, Orfel Juan Ferrari e Inés F. Viglione, fue allanada en dos ocasiones por fuerzas conjuntas del ejército y la policía. En una de esas incursiones, no solo detuvieron al matrimonio, sino también a uno de sus hijos, un adolescente de apenas 14 años. La persecución se extendió como una mancha de aceite: los suegros de Gerardo sufrieron un hostigamiento similar y una de sus cuñadas, Gloria Fernández, pasó a engrosar la terrible lista de personas desaparecidas.

El hermano de Gerardo, José María Ferrari, también sacerdote tercermundista, fue parte del grupo de religiosos perseguidos en Rosario por el Ejército, en una operación que contó con la anuencia y colaboración de sectores de la Iglesia Católica local. El objetivo era claro: desmantelar cualquier foco de resistencia o pensamiento crítico, y la familia Ferrari, con su fuerte compromiso social y político, era un objetivo prioritario.

El Testimonio de Ana: Sobrevivir al Infierno del Servicio de Informaciones

La historia de Ana Ferrari, la undécima de doce hermanos, es quizás el testimonio más desgarrador y detallado de la saña con la que actuaron los represores. Era apenas una niña de 12 años cuando el tristemente célebre Agustín Feced, jefe de la policía de Rosario y uno de los mayores genocidas de la región, allanó su casa por primera vez y la golpeó.

Siguiendo el ejemplo de su hermano, Ana, ya adolescente, eligió la "opción por los pobres" y se mudó a una villa miseria para realizar trabajo social, ayudando en la construcción de un dispensario o en la lucha por servicios básicos. Para 1976, había dejado la militancia activa. El 15 de octubre de ese año, la patota del Servicio de Informaciones irrumpió en la casa de su abuela. Ana, con 18 años, tenía en brazos a su bebé de pocos meses, a quien había llamado Gerardo en honor a su hermano muerto. La separaron de él violentamente.

Fue llevada al Servicio de Informaciones (conocido como SI), ubicado en la Jefatura de Policía de Rosario, uno de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio más brutales del país. "Estás en el infierno", le dijeron al arrojarla por las escaleras. Y lo era. Durante su cautiverio, fue sometida a todo tipo de vejaciones. La torturaban con picana eléctrica y, en su delirio de crueldad, sus captores se burlaban al ver que de sus pechos, preparados para amamantar a su hijo, brotaba leche a causa de las descargas eléctricas. En una de las sesiones, el represor Raúl Guzmán Alfaro y otro apodado "Kuriaki" le introdujeron una pistola en la vagina, amenazando con matarla de esa forma. El propio Feced participaba activamente en las sesiones de tortura.

Ana pudo identificar a muchos de sus verdugos, ya sea por sus nombres o sus apodos, información que sería vital años después en los juicios por lesa humanidad: José Lofiego (quien le controlaba el pulso durante la tortura para que no muriera), Mario "el cura" Marcote, Carlos Gómez, Telmo Ibarra, Carlos Brunato ("Tu Sam"), Carlos Ulpiano Altamirano ("Caramelo"), entre otros. Se llamaban entre ellos, se reían, se divertían con el dolor ajeno.

Personajes Clave en el Caso Ferrari

NombreRolDestino / Acciones Notables
Gerardo FerrariSacerdote y militante de FAPAsesinado en 1969 en un enfrentamiento. Su muerte desencadenó la persecución a su familia.
Ana FerrariHermana de Gerardo, víctimaSecuestrada en 1976, torturada en el SI de Rosario. Sobreviviente y querellante clave en los juicios.
Agustín FecedJefe de la Policía de Rosario, represorMáximo responsable del circuito represivo en Rosario. Murió impune antes de ser condenado.
José LofiegoMédico policial, represorParticipaba en las sesiones de tortura, controlando la supervivencia de las víctimas para prolongar el suplicio.
Gloria FernándezCuñada de Gerardo, víctimaSe encuentra desaparecida.

Testigo del Exterminio y el Largo Camino a la Justicia

Mientras estaba cautiva, Ana fue testigo involuntaria de otros crímenes. El 17 de octubre de 1976, vio cómo sacaban del centro clandestino a un grupo de secuestrados que serían asesinados horas después en lo que se conoció como la "Masacre de Los Surgentes". Vio a Ana Lía Murgiondo, María Cristina Márquez, Cristina Costanzo, Eduardo Felipe Laus y escuchó que pedían por Sergio "el turco" Jalil. Todos ellos fueron fusilados en una localidad de la provincia de Córdoba.

Un mes después de su secuestro, el 15 de noviembre de 1976, una orden de traslado a la cárcel de Devoto, en Buenos Aires, le salvó la vida. Esa misma noche, Feced fue a buscarla al SI para asesinarla, enfureciéndose al no encontrarla. Permaneció detenida hasta el 24 de diciembre de 1978, cuando recuperó una libertad vigilada y perversa: tres veces por semana debía presentarse a firmar una libreta en el mismo edificio donde había sido torturada, obligada a cruzarse con sus verdugos.

Las secuelas físicas y psicológicas la han acompañado desde entonces. Noches de insomnio, los recuerdos vívidos de la picana, las quemaduras de cigarrillo, la vejación. "Me ha costado muchas noches de insomnio donde uno revive muchos momentos de extremo dolor, no sólo físico, sino también de indignidad", confesó años después. Para sanar y protegerse, se mudó a Entre Ríos y luego a Buenos Aires.

Pero el miedo no la paralizó. Con el retorno de la democracia, Ana Ferrari se convirtió en una pieza fundamental en la búsqueda de justicia. Junto a otros sobrevivientes, fue querellante en la Megacausa Feced (luego unificada en la causa Díaz Bessone), uno de los juicios más importantes contra los responsables del genocidio en Rosario. Su testimonio, valiente y detallado, fue crucial para reconstruir el rompecabezas del horror y lograr que algunos de los responsables fueran condenados.

Preguntas Frecuentes sobre el Caso Ferrari

¿Quién fue Gerardo Ferrari?
Fue un sacerdote del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y militante de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) en Rosario. Su muerte en un enfrentamiento con la policía en 1969 fue el detonante de una feroz persecución contra toda su familia.
¿Qué fue el Servicio de Informaciones (SI) de Rosario?
Fue la sede de la Jefatura de Policía de Rosario que funcionó como el principal centro clandestino de detención, tortura y exterminio de la región durante la última dictadura cívico-militar argentina. Estuvo bajo el mando del represor Agustín Feced.
¿Por qué la dictadura se ensañó con toda la familia Ferrari?
La persecución a la familia completa fue una táctica de "castigo colectivo" y disciplinamiento social. Al atacar a todos los miembros, sin importar su nivel de participación política, el régimen buscaba sembrar el terror y enviar un mensaje de que cualquier vínculo con la militancia sería castigado de la forma más brutal.
¿Qué es la Megacausa Feced?
Es el nombre con el que se conoce a una serie de juicios por crímenes de lesa humanidad cometidos en el circuito represivo de Rosario, liderado por Agustín Feced. El testimonio de sobrevivientes como Ana Ferrari fue fundamental para llevar a los responsables ante la justicia.

La historia de la familia Ferrari no es un caso aislado, sino el reflejo de un plan sistemático de exterminio que se replicó en toda Argentina. Es la prueba de que el terrorismo de Estado no solo buscaba eliminar a los militantes, sino destruir sus lazos, sus afectos, su memoria y su apellido. El coraje de sobrevivientes como Ana, que transformaron su dolor en lucha, es lo que hoy permite contar esta historia y seguir exigiendo memoria, verdad y justicia.

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